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lunes, 16 de marzo de 2009

capitulo 104. NANAS PARA DORMIR AL DIABLO

NO LE GUSTA LA LUZ
Ella lo había sido todo. La emperatriz del morbo, la lolita ingenua, lamiendo platos con cara de no haberlos roto nunca. Dieciocho años que aparentaban quince, portada de revistas prohibidas que los hombres se llevaban al baño. La puta, la diosa, la putísima diosa, el cuerpo perfumado con sustancias lúbricas que se arqueaba en la pantalla de la tele, y se tocaba, se besaba a sí mismo. Coño depiladito, senos tersos, y esos labios que siempre parecían lograr la mueca exacta para encantar y endurecer serpientes.

Pocos sabían su verdadero nombre. El mundo del porno es un mundo de pseudónimos, y en ese mundo la llamaban China Doll; un mote que se debía a la gélida blancura de su cutis, y al ingenio del productor borracho que la fichó en aquella fiesta y la animó a firmar aquel primer contrato, para el primer desnudo, en la primera peli.

China Doll se convirtió en la envidia de las demás actrices. Fue la más consumida, la más deseada, la más follada en sueños masculinos. Ella no fue consciente del poder que tenía hasta que su representante le doró la píldora, y le aconsejó imponer sus propias condiciones. Obedeciendo esos consejos, se negó a trabajar más de equis horas diarias, y se negó a actuar si el minibar no incluía su marca favorita de tequila, y se negó a follar con hombres delante de la cámara, porque ella era una diosa, y no iba a consentir que ningún mortal la penetrase en público. No estaba muy segura de estar haciendo lo correcto, y tuvo miedo de que la despachasen de una patada en el trasero, por pedir demasiado. Pero los productores accedieron a todo. No les quedaba otro remedio. Porque China Doll se bastaba a sí misma, y no necesitaba más horas de trabajo, ni estar más sobria, ni introducirse pollas en el coño para vender el triple que las otras.

No obstante, la carrera de China Doll fue de ésas que lo brillan todo en el primer asalto y ya se han consumido en el segundo.

El mundo cambió, se impuso un internet en cada casa, el mercado de la carne se hizo inabarcable, ilimitado, y surgieron de debajo de las piedras mil nombres inéditos, mil lolitas… todas ellas tan hechas de pecado, tan adecuadas como China Doll. Todas ellas, en realidad, más “china doll” que la propia China Doll. Porque también las muñecas envejecen, porque el mundo nos exprime un año a todos cuando gira, porque el tequila favorito de la pequeña China Doll estropeó su piel y su sonrisa, porque la vida se había dedicado a usar a la muchacha sin clemencia, a desgastarla, y a sembrar un sedimento de amargura en su mirada. La clase de amargura que una chica como ella no se podía permitir. Cuando tus ojos tienen ese brillo, se vuelven incapaces de mentir.

La gente que consumía películas de China Doll no quería encontrarse un poso de mierda en el fondo del vaso. Demandaban ilusión de pureza, un simulacro de inocencia lo suficientemente convincente para despertar ese placer, esa excitación indescriptible, ese mancillar la virgen con tus pensamientos y tu semen.

Poco a poco, el mundo fue olvidando a China Doll, pero ella no olvidó los lujos a los que estaba acostumbrada, ni sus acreedores la olvidaron a ella. Cierto día, su representante la invitó al mundo real; le dijo que había llegado la hora de ceder en ciertas cosas. El cupo de diosas estaba saturado, y si quería seguir recibiendo ofertas de trabajo, tenía que ensuciarse, ser más furcia, llegar a donde pocas se atrevían.

Pensó en abandonar el porno, dedicarse a otra cosa… pero ya era un poco tarde para eso. Era hundirse o tragar, y China Doll tragó.

Lloró la primera vez que la encularon. El director le gritó cosas terribles, y tuvieron que repetir la toma.

Lloró la primera vez que cinco negros se corrieron sobre ella, pero tenía tanto semen en la cara que nadie reparó en sus lágrimas.

Lloró la primera vez que le llenaron los tres orificios al unísono, aunque en esa ocasión al director no pareció importarle. Los surcos negros del rímel daban muy bien en cámara.

Después de aquello China Doll se quedó seca. Su alma se vació de lágrimas. No lloró la primera vez que se mearon en ella, ni lloró cuando la abofetearon y le metieron sus propias bragas por el coño. Aprendió las reglas de cada género, y las obedeció de manera implacable. A veces había que fingir dolor, y en otras ocasiones había que ocultarlo, y sonreír, guiñar un ojo a cámara, decir estupideces, relamerse. Cada público pedía algo distinto, y ella los contentaba a todos, con un desapego de lo más profesional, anulándose a sí misma, muriendo quizá un poco en cada vídeo, de forma similar a esos indígenas que, cuando una cámara de fotos los retrata, sienten que alguien les roba una porción de alma.

Ya no era la princesa China Doll, pero era buena. Jodidamente buena. No estaba en el mercado grande. Casi todo lo que hacía iba directo a las páginas más turbias de internet, o al estante más bizarro del videoclub más cutre, pero jamás le hacía ascos a nada, y eso le permitía malvivir decentemente.

Cuando las cosas se ponían difíciles para llegar a fin de mes, no había razones para desdeñar la zoofilia. China Doll se folló perros, anguilas, calamares. Se tiró más de una vez al cerdo, al burro, y al caballo, y al resto de la granja de playmóbil.

Se acostumbró a no hacer muchas preguntas si la paga era buena.

Aquella noche, la paga era mejor que nunca, así que preguntó sólo lo básico.

- ¿Personas o animales?

Animales.

Con eso le bastaba.

No le dieron instrucciones sobre ropa. A veces se la proporcionaban en el sitio, y en otras ocasiones la chapuza imperaba, y se conformaban con lo que ella traía puesto. Eligió un vestidito de tirantes. Era sexy, muy fácil de quitar, y permitía que la jodiesen con él puesto, si la ocasión lo requería.

El espejo le regaló una mirada inerte mientras se maquillaba. También en eso tuvo que recurrir a su propio criterio. No conocía las preferencias de esa gente. Era la primera vez que trabajaba con ellos. Aunque siempre era igual. Quedar en un sitio, subir en un coche, fingir que no adviertes el reojo del conductor, más pendiente de cómo se hunde el cinturón de seguridad en tu escote que de la carretera. Y así minutos, quizá horas, y llegar a una casa en las afueras. En casos de zoofilia extrema, normalmente una granja o caserío.

Esta vez, sin embargo, no iba a ser como las otras veces, y China Doll lo dedujo nada más bajar del coche. No era sólo la sobriedad siniestra del lugar, ni lo que tardaron en llegar a él. Eran ellos. Sus expresiones. Sus miradas. No parecían la clase de persona que se dedica al porno. Por un instante, China Doll sintió ese escalofrío, ese hormigueo imperceptible que algunos llaman mal presentimiento. Sintió el súbito impulso de dejarlo, de decir a aquellos hombres que no quería el trabajo. No lo hizo. Ella era una profesional, y habían recorrido muchos kilómetros de carretera para llegar hasta allí. Recordó la cantidad que le habían prometido, pensó en los meses de alquiler que se podrían liquidar con tanto euro, en la cantidad de cosas que se podían comprar.

- Por aquí – dijo uno de ellos. Daba igual cuál. Todos vestían parecido, hablaban parecido, se peinaban parecido.

“Por aquí” consistía en un cobertizo de paredes sólidas, con barrotes en puertas y ventanas.

- ¿Qué animal es? – preguntó la muchacha, con un temblor de voz -. ¿Toro? ¿Caballo?

- Ni toro ni caballo – respondió el hombre, y no parecía dispuesto a añadir más.

El interior del cobertizo estaba a oscuras. Había más hombres allí dentro, pero apenas podía distinguir sus caras. Dos de ellos llevaban cámaras de vídeo. Eso la tranquilizó. Era un resquicio de normalidad al que aferrarse. Cámaras, cámaras, cámaras. Las cámaras eran sus amigas. Estaba acostumbrada a ellas. Las cámaras estaban en los rodajes, y aquello era un rodaje, solamente un rodaje.

Aunque aquellas cámaras no eran como las que conocía China Doll. Tenían algo extraño. Cuando lo hizo notar en voz alta, uno de los operadores lo explicó.

- Son cámaras de infrarrojos.

- ¿De infrarrojos? – se sorprendió la joven.

- Grabaremos a oscuras – respondió el desconocido -. No le gusta la luz.

Y esa última frase la dijo señalando hacia “la jaula”. Barrotes oxidados, y tras ellos, tan sólo oscuridad. Oscuridad y silencio.

Se acercaron tres hombres con tres llaves, crujieron tres cerrojos, lloraron varios goznes.

- Entra.

- ¿Qué hay en la jaula? – preguntó la muchacha, si lograr disimular su espanto.

- No necesitas saberlo.
- No todos los animales se follan igual. – protestó ella -. No es lo mismo estimular a un perro que a un caballo...

- No hay nada que estimular, cariño. Él sabe lo que tiene que hacer. Tú sólo relájate, déjate llevar…

China Doll se enfrentó a la puerta entreabierta de la jaula, y a la negrura que aguardaba al otro lado. Se impuso el sentido común.

- Creo que no voy a aceptar el trabajo – dijo.

- Ya es demasiado tarde para eso, ¿no cree?

Todos los hombres se interpusieron entre ella y la salida. Avanzaron lentamente, estrechando un cerco que encerraba a China Doll, y no le dejaba otra opción que atravesar la puerta de la jaula.

- Piense en el dinero – le recordó uno de ellos -. Con lo que le vamos a pagar, una chica como usted se puede conceder muchos caprichos.

- Yo… yo no quiero caprichos – masculló la muchacha, muerta de miedo.

Cada vez que los desconocidos daban un paso hacia ella, China Doll retrocedía. Descubrió demasiado tarde que estaba dentro de la jaula. Lo descubrió en el preciso instante en que cerraron la puerta en sus narices.

- ¡No! ¡Dejadme salir!

La muchacha gritaba, zarandeaba los barrotes con desesperación, y el óxido le arañaba las palmas de las manos.

- Cámara uno, grabando – dijo una voz.

- Cámara dos, grabando – añadió otra.

China Doll escuchó algo a sus espaldas. Giró sobre sí misma. Escrutó la oscuridad, mas no vio nada. Sólo pudo escuchar ese sonido casi cantarín, como de uñas repiqueteando en las baldosas del suelo.

- ¡Qué alguien me abra, por el amor Dios! – suplicaba (inútilmente) la muchacha -. ¡Quiero salir!

Pero nadie le respondía al otro lado. Sólo sonaba el clac, clac, clac, castañeteo de uñas afiladas, acompañado de una respiración pesada.

Intentó retroceder. Los barrotes se le clavaron en la espalda, fríos como los besos de los muertos. Y enseguida se impuso aquel hedor, insoportable, decadente, como de queso roquefort pudriéndose en su mortaja de plástico.

Los brazos de China Doll se extendieron hacia las tinieblas, palparon la nada, intentando protegerse de algo. Se estremecieron al rozar a aquella cosa sin querer.

China Doll quiso gritar, pero los gritos no salían. Trató de empujar a la criatura para impedir que se acercase. Tocó su piel, tocó escamas ásperas, secreciones viscosas, sintió en la cara el aliento de algo acostumbrado a comer muerte. Aquello parecía un reptil. China Doll había tenido experiencias con lagartos y serpientes. Pero aquello no era una serpiente, ni un lagarto. Aquello tenía al menos cuatro patas, y era más grande que ella.

- ¡¡Sacadme de aquí!! – suplicó mientras volvía a agitar los barrotes de la puerta, consciente de que sería más fácil romperlos con sus manos que despertar la compasión de aquellos hombres.

Vio cómo los dos operadores se acercaban a ella con sus cámaras, codiciando la imagen de sus muslos temblorosos, de sus tetas aplastadas contra el hierro, de su expresión desencajada por el miedo.

Por primera vez en mucho tiempo, China Doll lloró. Lloró mientras la criatura la montaba por detrás. Lloró mientras el tirante de su vestido se despeñaba por el hombro, dejando el seno izquierdo al descubierto. Lloró mientras alguien de fuera le pellizcaba el pezón a través de los barrotes, y lloró cuando sintió cómo el pene bífido del monstruo la exploraba por dentro, profundizando en su vagina y en su ano al mismo tiempo, lubricándola con fluidos pestilentes, hinchándose dentro de ella, dilatando los orificios de la joven hasta el límite, y empujando con una brutalidad inhumana, torpe.

Y eso no era lo peor. Lo peor llegó cuando la bestia se excitó, cuando perdió el control y la empezó a arañar por todas partes, garrapateando un poema apresurado de dolor y sangre sobre la piel de porcelana de la pequeña China Doll.

La corrida dolió. El semen de aquel bicho colmó las entrañas de la joven, llegando hasta lugares que ella ni sabía que tenía. Después de eso, el pene bífido se desinfló lo suficiente para salir del interior de China Doll, y el monstruo se marchó por donde había venido.

Los tipos que la habían contratado la sacaron de allí enseguida, y se comportaron con una formalidad escalofriante. Le curaron las heridas lo mejor que pudieron, le proporcionaron ropa nueva, le dieron las gracias, la acercaron en coche hasta su casa y al día siguiente ingresaron en su cuenta todo el dinero que le habían prometido.

Cuando se desnudó y se miró en el espejo, China Doll se vino abajo, y comprendió hasta qué punto iba a necesitar ese dinero. Los arañazos en la piel eran profundos, y dejarían cicatrices. Estaba mutilada de por vida, y ninguno de sus contactos habituales volvería a contratarla.

Trabajar en otra cosa era inviable. China Doll sólo sabía follar. No había cultivado ninguna otra habilidad. Nunca lo había necesitado. Fuera del porno, era mediocre en todo.

Afortunadamente para ella, cualquier aberración encuentra una perversión a su medida. Recurrió a esos amigos de un amigo que conocen a alguien, y se introdujo pronto en el bazar de las rarezas, el mercado de los que demandaban las cosas más extremas. Aunque a alguien le resulte difícil de creer, hay gente que paga lo que sea por ver a una tullida en acción. Y cuando eso no bastaba, siempre había un callejón en el que prostituirse por unos cuantos euros.

Día tras día, el incidente de la bestia palidecía en la memoria de China Doll, avocado a convertirse en una borrosa, lejana pesadilla. Pero transcurrió un mes entero, y no llegó ninguna menstruación. China Doll no necesitó ningún predictor para saber que estaba embarazada. A pesar de lo improbable del asunto. A pesar de que en los tres últimos meses nunca olvidó tomar la píldora.

Abortar no fue una opción. “No se trata de un embarazo normal”, le confirmó la gente de la clínica. “El embrión está tan agarrado al útero que no podríamos extraerlo sin desangrarla a usted”.

No tuvo más remedio que vivir con ello dentro. Y al fin y al cabo, una actriz porno embarazada cotizaba lo suyo.

No fue un embarazo fácil. Los antojos de China Doll eran desagradables, incluso hijos de puta. Todos los días visitaba la pescadería y compraba peces crudos. Una vez en casa, los abría en canal y se comía las tripas. Era algo compulsivo. Odiaba hacerlo, se deshacía en arcadas… pero al mismo tiempo lo deseaba con una agonía irracional, primaria, fisiológica.

No… Aquello no era un embarazo al uso. Si otros bebés convertían los pezones de la madre en surtidores de leche, los pechos de China Doll chorreaban un mejunje espeso, casi negro. Si otros bebés se manifestaban dando pataditas en el vientre, el hijo que habitaba en China Doll se dedicaba a arañarle las entrañas, con uñas crueles, pequeñas, afiladas. Cuando eso sucedía, la joven se retorcía de dolor, y las bragas se le teñían de sangre.

Se atiborraba a drogas y calmantes, en parte para mitigar el dolor, en parte con la esperanza de que el bebé no soportase tanta química. Pero el bebé (o lo que demonios fuese) tenía una vocación de supervivencia exasperante.

China Doll estaba anestesiada por las drogas cuando sonó el teléfono. Respondió a la llamada, y una voz familiar sonó en el altavoz del móvil:

- No se preocupe por los arañazos, son normales. Duelen bastante, sí… pero no matan.

China Doll sintió una contracción en la garganta. Recordaba esa voz. Era uno de los hombres del cobertizo. Uno de los que la encerraron en la jaula. Hijo de puta mamporrero de la bestia.

- ¿Qué me han hecho? – la pregunta de la muchacha era más un reproche que una demanda de respuestas.

- Le hemos concedido un honor que está al alcance de muy pocos mortales, y nuestra generosidad no acaba ahí.

- Yo… yo sólo quiero terminar con esto – sollozó la muchacha, sin poder contenerse.

- Y pronto acabará. Dará a luz dentro de poco, y estamos dispuestos a pagar mucho dinero por su hijo. Mucho más del que usted se imagina.

- ¡Váyanse a la puta mierda! – lloró la pequeña China Doll.

- Si rompe aguas, no acuda a ningún hospital – prosiguió el desconocido, haciendo caso omiso de los llantos -. Llame a este número, y nosotros nos ocuparemos del parto.

La joven se dispuso a mandarle a la mierda por segunda vez, pero cuando escuchó la cantidad que le ofrecían por su hijo, la palabrota se congeló en la boca. Si de verdad le daban tanta pasta, le solucionarían la vida para siempre. Ella sólo quería sacar a aquella cosa fuera de su cuerpo. Le daba igual que se la arrancasen en un hospital o en un pesebre.

Mientras tanto, siguió amortizando su vientre de preñada. Quizá si teclean en internet “embarazada con cicatrices salvajemente taladrada” sabrán de lo que hablo.

A veces tenía que interrumpir las sesiones de grabación por culpa del dolor. Los arañazos eran cada vez más frecuentes. El feto se movía en su interior, inquieto, suplicando salir. “Ya queda poco”, se consolaba ella. “Ya queda poco para que salgas de mi vida. Ya queda poco para que me hagas millonaria”.

Y entonces pasó algo que lo cambió todo. Fue durante el rodaje de “Reviéntame a pollazos”, una película que nunca se llegó a terminar, por razones que pronto entenderéis.

China Doll sonreía a la cámara, abierta de piernas sobre el mostrador de la cocina. Su partenaire la poseía con violencia, sobándole las tetas, metiéndole hasta el fondo sus veinticinco centímetros de polla, o los que le cupieran.

El grito del actor fue tan agudo que saturó los micros de las cámaras, y todos tuvieron la certeza de que no era el típico chillido de “ya me estoy corriendo”. Cuando sacó su pene del interior de China Doll, el glande era un abyecto surtidor de sangre.

- ¡¡Joder!! – berreaba el semental -. ¡Esta puta tiene dientes en el coño! ¡¡Eres una zorra de mierda, China Doll!!

Lívida de espanto, aún sobre el mostrador de la cocina, la joven vio cómo intentaban contener la hemorragia de su compañero. Supo que nunca la volverían a llamar de aquella productora, y supo también lo que había intuido en realidad desde el principio. Supo la clase de cabrón que llevaba en la barriga, y supo que en cuanto lo pariese, crecería, y sería la viva imagen de su padre.

Aquella misma tarde, China Doll entró a la ferretería de su barrio.

- Quería una linterna – le dijo al dependiente -. La más potente que tengan.

- La más potente es ésta.

- No. Esa no. Tiene que ser cilíndrica.

- Igual si me dice para qué la necesita, sabré cómo ayudarla.

Ella permaneció en silencio durante un par de segundos.

- No le gusta la luz… – respondió finalmente.

Llegó a su casa, embutió la linterna en un condón, la encendió, la embadurnó de lubricante, se recostó en la cama, se abrió mucho de piernas, se acercó el artefacto, la luz la deslumbró, la bombilla era potente, serviría… Introdujo la linterna en su vagina, poco a poco, como un consolador. Era bastante grande, pero eso nunca fue obstáculo para China Doll. Se había metido cosas muchísimo más gruesas, por causas bastante menos nobles. Cuando la luz llegó hasta el fondo, el hijo de China Doll chilló, se revolvió en el vientre de su madre, y ni siquiera respondió con arañazos, tal vez porque necesitaba las patitas para tapar sus ojos. La muchacha siguió masturbándose con la linterna, jodiéndose hasta el fondo, haciendo lo único que había aprendido a hacer en esta vida, y haciéndolo lo mejor que sabía. Haciendo llegar la luz más y más lejos, sintiendo cómo los bordes de la linterna la quemaban, jadeando al ritmo de los chillidos de agonía del bebé, cada vez más débiles, cada vez más opacos.

Tardó menos de dos minutos en correrse. Se sacó la linterna con cuidado, y se durmió sabiendo que en las tinieblas de su vientre ya sólo había silencio.

Un relato de Juán José Ramírez Mascaró.

viernes, 23 de enero de 2009

capitulo 85. LAURA, ALONSO Y EL FIN DEL MUNDO



Alonso y Laura habían sido novios desde hacia tanto tiempo que nadie podía recordarles sin estar uno sin el otro. Así que, cuando decidieron romper su relación, a todos sus amigos y familiares les pareció estar recibiendo un cubo de agua fría.
Una relación que había durado tanto tiempo, y que además había estado plagada de tantísimos buenos (o quizás debíamos decir maravillosamente buenos) momentos, no podía acabar así, de la noche a la mañana.
Nadie quería entender como podía haber sido, pero la relación había acabado, y parecía que nadie podía hacer nada para evitarlo.
Pero siempre nos equivocamos, y siempre hay alguien que es capaz de hacer que las cosas cambien su rumbo.

Dos días después de que la relación acabara, empezó el fin del mundo.
Un plan maestro de Dios para hacer que estas dos personas que estaban predestinadas a estar juntos decidieran reconciliarse, porque, ¿quien quiere acabar su vida en este mundo estando solo?

Cuando sonaron las trompetas de los ángeles que aparecían de entre esas nubes rojas que se habían formado en el cielo, y que la gente no podía dejar de mirar, ya no había nadie en la tierra que no estuviera rezando, llorando o saqueando.
Todos menos dos personas, que estaban cada uno en una punta de la ciudad, una de esas ciudades llenas de trafico, polución y un montón de musicales de la más rabiosa actualidad.
Esas dos personas eran, si ya lo habréis adivinado, Alonso y Laura, que no podían dejar de pensar que habían escogido el peor de los momentos para quedarse solteros.

Alonso intentó llamarla por teléfono, pero las compañías telefónicas habían dejado de funcionar, igual que las televisiones, porque, ¿que clase de jefe seria aquel que no es capaz de darles el día libre a sus empleados en el apocalipsis para que pudieran estar con sus familias, perros, gatos, amigos...?

Alonso salio corriendo de su trabajo. Ya todo el mundo había dejado de escribir cosas en los ordenadores, y la verdad es que le daba igual que le despidieran, total, ya no tendría hipoteca que pagar, ni ningún bien que comprar.
En la calle las cosas no estaban bien. La gente huía asustada de todas esas bolas de fuego que caían de lo mas alto.
Alonso corría, aunque su motivación no era el miedo, en contra de la marea de gente que se le venia encima.

Por su parte, Laura no estaba mejor. Pero al menos ella corría en la dirección de la masa alborotada.
Sabia que encontraría a Alonso en su trabajo, pero no sabia si tendría tiempo de llegar antes de que el mundo dijera adiós.

Los dos estaban desesperados. Se les pasaba por la cabeza miles y miles de cosas que le tenían que decir al otro, se imaginaban ya besándose y abrazándose, diciéndose que habían cometido el error mas grande de su vida al dejarse.
Es posible que este momento hubiera llegado antes o después, pero la urgencia de la situación lo había adelantado.

Los dos seguían corriendo, cada vez mas cerca uno del otro. Pero las cosas estaban cada vez peor.
Ya habían hecho su aparición los 4 jinetes, y estaban haciendo estragos entre la población.
Los muertos se levantaban de sus tumbas. El cielo ya no era rojo, era negro y la histeria cada vez estaba mas extendida.

Una voz ensordecedora se alzó entre los gritos de las gentes, y comunico lo que estaba pasando.
Y daba instrucciones sobre lo que iba a pasar a partir de ese momento. Ya sabéis, lo del cielo, el infierno y el purgatorio.
La gente se había detenido para poder prestar atención, todo el mundo menos dos personas que corrían, cada vez mas cerca el uno del otro. Ya parecían estar tocándose, abrazándose, besándose...

Ya se habían visto y sus ojos no se separaron ya nunca.
Llegaron uno junto al otro, se miraron, se abrazaron y se besaron, y pareció un instante, pero fue el beso mas apasionado que nadie jamas había besado. Empezaron a dormírseles los dedos de los pies, y esa sensacional fue subiendo por todo el cuerpo.
Y sus labios jamas se separaron, por que ellos querían que fuera así. Querían acabar esta vida besándose. Y el caos desapareció de su alrededor, ya no oían a nadie gritar, ni los truenos, ni las trompetas, ni la voz celestial que les advertía...

Y el mundo se acabó.

jueves, 15 de enero de 2009

capitulo 78. NANAS PARA DORMIR AL DIABLO. UN RELATO MAS

LA FOTO Y LA FUENTE

Los árboles leproseaban lágrimas muertas sobre el agua.

Él intentaba estrujarse los ojos, para poder derramar también alguna. Pero estaba vacío.

La fuente era un espejo tiritando de frío.

Sacó su cartera del bolsillo. La abrió. Sus dedos bucearon entre monedas, billetes, bonobuses, tarjetas de visita, papeles donde apuntar lo que olvidamos... Sus dedos bucearon... bucearon... bucearon... hasta dar con la foto.

Una foto tan pequeña como un sello de correos. Y llevaba allí tanto tiempo que se había adherido al cuero con la tenacidad de la costumbre. Él casi tuvo que arrancarla para sacarla de ahí. Sonó como cuando la hoja de un cuchillo hace el amor con un vestido blanco.

Contempló la foto, y el rostro de mujer que sonreía al otro lado del papel, lejos, muy lejos, como a través de un cristal infranqueable, como ésos que encierran a las serpientes en los zoos, para que no difundan su veneno.

Compartieron una última mirada.

Necesito olvidarte”, dijo él. Ella no contestó. A las fotos no se les da muy bien mentir.

Los dedos le fallaron. Dejó caer la foto, y observó cómo el trocito de papel se precipitaba hacia la fuente. Observó cómo el agua cubría los mechones pelirrojos sin mojarlos, cómo los ojos se hundían en el fondo, sin pestañear, sin dejar de sonreír, como un latido de corazón fosilizado.

Se alejó de la fuente. Sentía que le pesaba menos el bolsillo. Sentía cómo su cartera se desangraba, igual que un gato recién atropellado. A las carteras no les gusta que alguien venga y les arranque el corazón.

Al día siguiente, ella apareció ahogada en la bañera, y sus cabellos naranjas flotaban en el agua, como si fueran algas incendiadas.

Un relato de Juán José Ramirez Mascaro.

miércoles, 7 de enero de 2009

capitulo 72. NANAS PARA DORMIR AL DIABLO. Una nana mas

TABULA RASA

Herminio Sanz no era el hombre más mediocre del planeta por una sencilla razón: Era tan mediocre que existían millones de desgraciados como él.

Se consumía a fuego lento en un trabajo anodino, sin posibilidades de ascenso. Se dedicaba a redactar informes que no importaban a nadie, y era muy bueno haciéndolo, aunque eso era algo que los directivos de la empresa jamás apreciarían. Porque esos directivos ni siquiera sabían que Herminio trabajaba para ellos. Su superior inmediato, el señor Cifuentes, se encargaba de atribuirse todos los méritos ante las altas esferas.

La vida de Herminio Sanz se parecía cada vez más a un callejón sin salida, y en ello pensaba el pobre oficinista aquella noche, de regreso al hogar, cuando unos gritos procedentes de otro callejón interrumpieron el hilo de sus tristes pensamientos.

Herminio Sanz se detuvo ante el callejón oscuro. Parecía la garganta de un lobo. Un lobo que gritaba con desesperación, suplicando socorro.

Haciendo acopio de valor, Herminio se asomó al callejón, y lo que vio le revolvió las tripas:

Dos hombres de alrededor de treinta años pateaban con violencia el cuerpo de un anciano. Y el pobre anciano, envuelto en un abrigo mugriento, se retorcía, sin poder responder a la paliza con otra cosa que resignación y quejidos guturales.

- ¡Dejad a ese hombre inmediatamente, si no queréis que llame a la Policía! – se oyó decir a sí mismo Herminio Sanz. Y él fue el primer sorprendido al escuchar su voz, porque nunca se había considerado un hombre con coraje.

Los dos agresores parecían casi tan sorprendidos como él, y huyeron corriendo por una bocacalle que bostezaba en mitad del callejón, como una herida negra, mal curada.

A Herminio Sanz le llamó la atención la conducta de uno de los atacantes. Antes de huir, escupió sobre el anciano, mientras mascullaba para sus adentros: “Maldito brujo”.

Cuando los pasos de los dos hombres sonaban ya a lo lejos, Herminio se acercó al anciano y lo ayudó a incorporarse.

- ¿Se encuentra bien, abuelo? ¿Quiere que lo acompañe al hospital?

El viejo depositó en Herminio una mirada que despertaba escalofríos.

- No se preocupe, buen hombre. No necesito un hospital, y eso es algo que tengo que agradecerle a usted.

- Entonces le acompañaré a su casa.

- Preferiría que me acompañase usted a otro lugar.

- ¿Qué lugar?

- Ya lo verá. Sólo quiero saldar mi deuda con usted.

- Muchas gracias, señor. Pero si lo que quiere es invitarme a un trago, tal vez no sea la noche adecuada. Tengo que madrugar mañana, y...

- Nada de tragos – le interrumpió el anciano -. Estoy hablando de cosas más importantes. No parece usted un hombre contento con su vida...

Herminio quiso desmentir aquella afirmación, pero su mirada le traicionó al instante.

- Todo puede remediarse – aseguró el desconocido -. Vamos, acompáñeme. No se arrepentirá.

Herminio Sanz siguió al anciano por callejuelas malsanas. Aquello no le divertía en absoluto, pero no se atrevía a abandonar al anciano a la intemperie.

De todos modos, aquel viejo daba la impresión de saber cuidarse solo. Guió a Herminio por las entrañas la ciudad, y las entrañas de la ciudad dieron paso a las afueras de la ciudad. Luego las afueras de la ciudad dieron paso al campo abierto, y el campo abierto se fue convirtiendo en campo cerrado.

Cada vez que Herminio intentaba protestar, el anciano le respondía, sin mirarle:

- Concéntrate en memorizar el camino. Lo necesitarás.

Y era cierto. Del mismo modo en que el caracol deja su estela al caminar, los pasos de aquel viejo construían un laberinto entre los árboles del campo. Tuvieron que bordear recodos, atravesar vayas, cruzar puentes cochambrosos, desandar riachuelos, contar doscientos trece desde una piedra extraña...

Y después de dos horas de camino, desembocaron en un siniestro valle.

- Es aquí – dijo el anciano.

Y ésas eran dos palabras que a Herminio Sanz nunca le había gustado asociar con valles tenebrosos.

Descendieron las escarpadas laderas del valle, hasta llegar a...

- ¿Un cementerio? – preguntaron los temblores que componían la voz de Herminio Sanz.

El anciano no se molestó en contestar. Las lápidas torcidas, sembradas por doquier, se dedicaban a responder por él.

- ¿Por qué me ha traído aquí?

- No tenga miedo. Sólo quiero devolverle el favor. ¿Ve usted esas tres lápidas de ahí? Ahora son suyas.

- No le entiendo...

El viejo señaló tres de las lápidas. Estaban las tres juntas, en un rincón del cementerio.

- ¿No encuentra nada peculiar en esas lápidas? Vamos, mírelas bien.

Herminio se acercó a ellas intrigado, y enseguida detectó la diferencia. Todas las lápidas tenían grabados los nombres de los difuntos que yacían en las tumbas. Todas menos esas tres. Esas tres estaban lisas, sin ningún nombre esculpido en la superficie de la piedra.

Se lo hizo notar al anciano, y éste asintió.

- Muchos hombres han conocido este lugar antes que tú – prosiguió el viejo -. Y todos ellos llegaron a ser célebres. Ahora sólo quedan estas tres...

- Creo que no lo entiendo.

- No se moleste en entender. Sólo tiene que aceptar mi regalo. Ahora estas tres lápidas son suyas.

- ¿Para qué quiero tres lápidas?

- Oh... Son muy útiles. Si las usa sabiamente, podrán ayudarle a prosperar. Ya ha visto que estas lápidas están en blanco. Todos tenemos por ahí algún enemigo, o algún indeseable que no nos deja medrar como nos merecemos. Cada vez que uno de ellos aparezca en su vida, venga aquí, elija una de estas lápidas, y grabe en ella el nombre de su enemigo. Luego, justo debajo del nombre, escriba también la fecha exacta en que desea que ese individuo deje de... ya sabe... entorpecerle... Pero debe seleccionar bien a sus enemigos. Una vez agote las tres lápidas, se acabó el chollo.

Herminio Sanz miró las tres piedras con incredulidad.

- Mire... – contestó -. Supongo que esto le resulta divertido, pero ya le he dicho que mañana tengo que madrugar, y cuando no duermo mis ocho horas de sueño no soy persona... Permítame acompañarle a su casa y...

Herminio no pudo continuar. Las palabras se le quedaron petrificadas en la boca, porque al volverse para mirar al anciano, descubrió con estupor que ya no estaba allí.

Estuvo buscándolo y llamándolo durante diez minutos. Finalmente, al ver que no recibía otro fruto que silencio, decidió emprender el camino de regreso.

No consiguió dormir las malditas ocho horas, y eso hizo su jornada laboral todavía más inhóspita de lo normal. Maldecía para sus adentros al anciano, y maldecía todavía más a su superior, el señor Cifuentes, que se quejaba de la torpeza del somnoliento Herminio de un modo muy grosero.

Allí estaba aquel cabrón, con su calva prematura y su bigote, siempre encargándose de que los méritos de Herminio Sanz no llegaran a oídos de los jefes. Siempre minimizándole, sometiéndole...

... entorpeciéndole...

Cuando llegó la noche, Herminio tuvo como compañero de almohada un insomnio de ésos que le meten a uno ideas raras en la cabeza.

“¿Por qué no?”, le dijo Herminio Sanz a Herminio Sanz.

Y un cuarto de hora más tarde, nuestro amigo recorría de memoria el camino hacia el cementerio del valle perdido, con una bolsa que contenía una linterna, un martillo y un cincel.

Nada se perdía por intentarlo. Sólo las malditas ocho horas de sueño que no iba a poder dormir de todas formas.

Llegó al cementerio, encontró las tres lápidas huérfanas y se agachó junto a ellas. Eligió la de la izquierda, por aquello de respetar el orden impuesto en occidente, y haciendo gala de la torpe caligrafía de quien no está acostumbrado a manejar el martillo y el cincel, talló en la piedra el nombre del señor Cifuentes.

Lo cierto es que Herminio Sanz no se tomaba en serio todo aquello. Para él sólo era un juego, un acto simbólico, una terapia psicoanalítica sin receta médica.

Bajo el nombre de su superior, escribió una fecha que correspondía a “dentro de tres días”.

A la mañana siguiente, un legañoso Herminio escuchó en la oficina que el señor Cifuentes se iba de vacaciones a un crucero por el mediterráneo. Antes de marcharse, el muy cerdo se aseguró de atiborrar a nuestro amigo con una buena dosis de trabajo extra.

Tres días más tarde, llegó la noticia. El señor Cifuentes resbaló en la cubierta del barco, debido a una canicas que un niño olvidó allí. Se despeñó por la borda, y la señora de Cifuentes contempló con impotencia cómo su marido se convertía en un ahogado, y cómo el ahogado se convertía en un puntito en el horizonte. Intentaron parar el barco, pero las máquinas no respondían.

El cuerpo del señor Cifuentes jamás apareció.

Herminio Sanz no tuvo tiempo de sentirse culpable. En la empresa necesitaban a alguien que cubriese el puesto del fallecido, y los directivos decidieron conceder esa oportunidad a nuestro amigo.

Ubicado por fin en un puesto que le permitía demostrar su valía, Herminio ascendió como espuma de champán. Escaló el organigrama de la empresa sin arrugarse la ropa demasiado. En menos de dos meses, almorzaba con la cúpula directiva, en menos de dos años, pertenecía a dicha cúpula, y en menos de tres años, era la cúpula la que le pertenecía a él.

Herminio Sanz celebraba sus logros, uno tras otro. Y todo aquel que lo veía brillar con luz propia era testigo de que se merecía dichos logros. Pero en las noches de insomnio, nuestro amigo recordaba que todo ello había sido posible gracias a un “inesperado golpe de suerte”, y lo que más inquietaba a Herminio, era no saber si tenía que agradecer aquella suerte a Dios o al Diablo.

Transcurrieron otro par de años antes de que apareciese otro de esos enemigos insalvables.

En su meteórica carrera hacia el paraíso de los magnates, nuestro amigo había tropezado con cientos de enemigos, pero siempre había sabido cómo quitárselos de en medio sin recurrir a sucias artimañas.

Con el señor Arístides la cosa era distinta.

Porque Arístides era el presidente de una de las multinacionales más poderosas del país, y esa multinacional había decidido convertirse en competidora directa de la empresa de Herminio.

Nuestro amigo aguantó varios meses, contemplando cómo la multinacional del señor Arístides devoraba poco a poco todo lo que él había conseguido en aquellos años. Los índices de beneficios caían en picado. Los clientes emigraban. Los accionistas exigían la cabeza de Herminio Sanz para merendar...

Y una noche, muy a su pesar, Herminio Sanz sacó de los altillos del armario la linterna, el martillo, el cincel...

El camino hacia el valle seguía siendo el mismo, y el valle también.

Herminio sintió un escalofrío al contemplar la lápida de la izquierda. Con el nombre Cifuentes esculpido por una torpe mano, y unas extrañas flores, de un color amarillo y doloroso, que habían nacido a la sombra del nombre infortunado.

Nuestro amigo se agachó frente a la lápida central. El cincel chirrió al rozar la piedra virgen. Y el martillo golpeó, una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces... Todas las veces necesarias para perforar el corazón de un hombre.

Una hora después la lápida central ya tenía nombre, y también fecha. La fecha correspondiente al día siguiente.

Y el día siguiente llegó con una noticia que puso todos los periódicos al rojo vivo. La casa del señor Arístides se había incendiado. Una cerilla mal apagada en el cenicero, un golpe de viento inesperado, una botella de coñac que cae al suelo en el peor momento, impregnando una cortina... Unas llamas hambrientas de besos. Besos ardientes, y extremadamente contagiosos.

Cuando los bomberos consiguieron apagar el fuego, nadie fue capaz de diferenciar el cuerpo del señor Arístides del resto de la ceniza negra.

La multinacional del difunto se tambaleó, y Herminio Sanz terminó comprándola. Y después de ésa, compró otra, y otra, y otra... Se convirtió en uno de los hombres más poderosos del planeta, y compraba multinacionales con la misma facilidad con que nosotros compramos galletas en el supermercado.

Y no sólo multinacionales. También compraba yates, mansiones, islas vírgenes, esposas, amantes, y políticos.

Conforme convertía el planeta entero en su propio palacio de cristal, llegaba a la conclusión de que jamás necesitaría la tercera lápida. Los tiempos de recurrir a magias negras habían quedado en el pasado. A esas alturas, Herminio Sanz era demasiado grande para poder tropezarse con un enemigo que no fuese capaz de aplastar con su zapato.

Pero un día, ese enemigo apareció. Se llamaba cáncer de piel.

Herminio probó todos los tratamientos. Todos los cirujanos. Todas las medicinas.

No daba resultado. A veces el cáncer se va por donde ha venido, pero en el caso de Herminio Sanz, la enfermedad decidió que no había motivos para abandonar a un huésped tan lujoso.

“Este tipo es la casa de mis sueños”, dijo el cáncer de piel.

Herminio se lamentaba en la soledad de su titánico despacho. Justo ahora, cuando tenía todo lo que un hombre era capaz de soñar, venían a arrebatarle el tiempo que necesitaba para poder disfrutar de todo ello.

Si tan sólo pudiese comprar algo de tiempo... Pero eso era lo único que la tarjeta de crédito de Herminio no podía conseguir.

Entonces se encendió una chispa en el cerebro de Herminio, y recordó que cuando el dinero fallaba, tal vez la magia podía echarle un cable.

La idea que galopaba en su cabeza era descabellada pero, una vez más “nada se perdía por intentarlo”.

Cogió la linterna, el martillo y el cincel. Recorrió aquel camino que sólo unos pocos hombres célebres habían conocido, y descendió hacia las tinieblas de aquel siniestro valle.

Las dos primeras lápidas seguían allí, adornadas por aquellas flores amarillas que crecían al amparo de la desgracia ajena. Herminio se arrodillo ante la tercera tumba. Alzó el cincel, que esta vez tiritaba más inseguro que nunca ante la roca... y comenzó a esculpir.

Escribió en la lápida número tres su propio nombre. Luego pensó en cuántos años le apetecía vivir. ¿Doscientos años? Sí... Doscientos estaba bien. Más de eso podría resultar desesperante.

Terminó el trabajo con una mezcla de esperanza y agonía. Si aquello funcionaba, el cáncer remitiría, o al menos le concedería una tregua. Y él conocería exactamente la fecha de su muerte. Un día concreto dentro de doscientos años. En dos siglos daba tiempo a disfrutar de muchas cosas. De ordeñar las ubres de la vida hasta exprimirle todo el jugo...

Aguardó de pie, en lo más hondo del cementerio. Miró su piel, y a los pocos minutos comprobó cómo las manchas del cáncer se desvanecían.

Se vio invadido por un júbilo infantil. ¡Había funcionado! Había comprado dos siglos más de vida. Volvía a ser una persona sana.

Se dejó caer al suelo, y se revolcó entre los rastrojos, deshecho en carcajadas.

Entonces, en uno de los revolcones, la oreja de Herminio Sanz quedó pegada al suelo, justo debajo de la lápida del señor Cifuentes...

... y los escuchó.

Escuchó los gritos. El testimonio de un sufrimiento insoportable. Un concierto de balbuceos incoherentes, entre los que distinguió la voz del señor Cifuentes. No vocalizaba bien las palabras, pero el tono de los chillidos no dejaba lugar a dudas: Estaba pidiendo ayuda.

Aquello no era real. No... No podía serlo. Era sugestión. ¿No lo llaman así?

Se pellizcó. No. No estaba soñando.

Pegó la oreja al barro bajo la lápida del señor Arístides, como el indio que busca estampidas de búfalos. Pero la única estampida de búfalos eran los latidos de Herminio Sanz, mientras escuchaba los chillidos de Arístides, similares a los de la tumba vecina. Melodía de tormento, lamentos torturados que deshilachaban la cordura de cualquiera. La clase de cosas que no pueden explicarse con palabras, porque las palabras son razón, y aquellos gritos atentaban contra ella.

Las manos de Herminio Sanz cavaron hondo y rápido. La mano izquierda retiraba la tierra de la tumba de Cifuentes. La derecha quitaba lodo en la de Arístides. Conforme los agujeros se hacían más profundos, los chillidos se hacían más audibles. Y cuanto más audibles, más desgarradores.

Y llegó el temido momento. De repente, cada una de las manos de Herminio fue agarrada por otra mano. Dos manos de dos personas diferentes. Dos manos de las que sólo quedaba el esqueleto, recubierto de malolientes jirones de piel y de infinidad de insectos que devoraban sin tregua todo lo que encontraban a su paso.

Herminio se levantó instintivamente, emitiendo alaridos de terror. Al hacerlo, terminó de desenterrar a aquellos esqueletos vivientes. Eran despojos. No quedaba nada en ellos, salvo huesos y sufrimiento eterno. Los bichos los recorrían de pies a cabeza, mordisqueando. Provocando gritos y dolores que rebasaban con creces la fronteras de lo humanamente soportable.

- ¡Mátenos, Herminio! ¡Mátenos, por favor! ¡Déjenos morir! – le suplicaban al unísono los dos inquilinos de las tumbas -. ¡Déjenos descansar!

Presa de una locura febril, Herminio Sanz se deshizo en golpes con el cincel y el martillo. Con la frente bañada en sudor, con las mejillas bañadas en lágrimas de histeria, perforaba el cráneo del señor Cifuentes, y la calavera del señor Arístides.

Todo inútil.

Les hizo más agujeros que a un queso gruyere, y a pesar de ello no logró que dejasen de gritar. No pudo impedir que le agarrasen desesperadamente con sus extremidades consumidas, que le arañasen con sus metacarpos afilados, que compartiesen con él su hambrienta, interminable procesión de insectos.

Herminio Sanz se sacudió a los bichos y a los muertos. Se arrojó contra la lápida que contenía su nombre, e intentó borrarlo a cincelazo limpio. Pero por más que golpeaba aquellas letras, no conseguía dejar impresa en ellas mella alguna. El contrato se había sellado, y ahora la roca era más dura que el diamante.

Herminio Sanz cayó de rodillas, enajenado, con los gritos de sus víctimas sonando a pocos metros. Observaba el nombre de la lápida número tres, consciente de que los próximos doscientos años serían un Infierno para él o, mejor dicho... una antesala del Infierno.

Un relato de Juan José Ramírez Mascaró.

viernes, 26 de diciembre de 2008

capitulo 64. NANAS PARA DORMIR AL DIABLO segunda parte

Los ojos verdes de Naia Morton.

Los ojos de Naia Morton no parecían de este mundo, y quizá no lo fueran. Pero eran irresistiblemente verdes.

Era pálida, y los rizos negros se pegaban en el sudor de su piel, como relámpagos oscuros en las mejillas. Trazos violentos del pincel sobre un papel de arroz.

Cuando el señor Morton se sentó junto al lecho de muerte de Naia, pensó que su mujer se convertiría en el cadáver más hermoso de todos los tiempos.

Naia Morton le acarició las manos débilmente, y luego sus labios moribundos comenzaron a hablar:

- Es el fin, cariño. He reservado mis últimas palabras para ti. Hay muchas cosas que siento haber dejado a medias, pero la que más me pesa, sin lugar a dudas, es marcharme sin haberte dado hijos.

- Naia... – balbuceó el marido, al borde de las lágrimas.

- Ayúdame a arreglarlo – añadió ella -. Obedéceme. Sigue mis instrucciones al pie de la letra, aunque te puedan parecer una locura. Aunque parezca que ya está delirando quien las dicta.

- Naia...

- Cuando muera, querido, ¡arráncame los ojos! Arráncalos... y entiérralos atrás, en el jardín. En un sitio en el que les dé la luna llena. Riégalos cada noche con tus lágrimas... El resto se hará solo.

- Naia... – volvió a llorar, estupefacto, el señor Morton.

Cuando Naia Morton terminó de hablar, murió en silencio. Y su marido pensó que aquella mujer no podía ser bruja, como murmuraba casi todo el vecindario.

Ninguna bruja tendría unos ojos tan bonitos.

* *

Naia Morton fue enterrada sin ojos.

Nadie supo explicar lo sucedido. Y aunque muchos intentaron hacerlo, a ninguno se le ocurrió pensar que fue el propio marido quien profanó el cadáver.

Aquella misma noche, el señor Morton cavó dos pequeños agujeros en el rincón más apartado del jardín. Se aseguró de que la luna los besara, y luego metió un ojo en cada agujerito.

Cuando vio aquellos dos globos rematados en verde, observándole desde el fondo de sus fosas gemelas, sintió un escalofrío.

Los sepultó bajo un par de paladas de tierra. Luego se arrodilló junto a las dos semillas... y las regó con obedientes lágrimas.

* *

A unos cuantos centímetros bajo la tierra húmeda, los ojos de Naia Morton comenzaron a echar raíces.

Poco a poco, empezó a nacer un brote en el centro de cada pupila. En sólo una semana, los dos brotes se abrieron paso hasta la superficie, y una semana más tarde se habían transformado en dos hermosas plantas, que no tardaron mucho en florecer.

Cada planta dio a luz un gigantesco tulipán morado.

Y el señor Morton continuaba regando con su llanto. Cada día.

* *

Cierta noche, cuando el señor Morton acudió a su cita, escuchó un débil lamento que provenía del interior de un tulipán.

Con manos temblorosas, deshojó la enorme flor, muy torpemente... y conforme los pétalos se iban apartando, el llanto inexplicable se hacía más audible.

Cuando el último de los pétalos fue apartado, el pobre y estupefacto señor Morton tenía una recién nacida entre sus brazos.

Y cuando logró arrancar los pétalos de la segunda flor, halló otra niña exactamente igual a la primera.

Eran mellizas. Y las dos habían heredado los ojos verdes de Naia Morton.

* *

El señor Morton se llevó a las dos niñas a la cama.

Durmió con ellas.

* *

Le despertó un mordisco.

Le costó un par de segundos averiguar que no estaba soñando.

El dolor era real.

Las dos niñas se comían su cuerpo. Arrancaban la carne del señor Morton y la engullían con un hambre voraz.

Y el señor Morton no reaccionaba. Estaba paralizado entre las sábanas. Sólo podía contemplar cómo las niñas crecían conforme devoraban. Ahora aparentaban ocho años.

Y el único pensamiento que vino a la cabeza del señor Morton fue que las dos estaban preciosas, con el rojo de la sangre tiñendo los labios. ¡Qué hermoso contraste con el blanco de la piel, con el negro del pelo, con el verde de los ojos!

El verde de los ojos de Naia Morton...

* *

Cuando acabaron de comerse al señor Morton, las dos hermanas habían alcanzado el aspecto de una mujer adulta.

Eran bellísimas...

Exactamente iguales que su madre.

Se besaron hasta limpiar el pintalabios de la sangre, y luego cada una se marchó en una dirección. Cada una buscó un marido. Cada una enfermó de manera misteriosa. Y justo antes de morir, cada una ordenó a su enamorado plantar dos ojos en el jardín trasero. Y nacieron cuatro flores que engendraron cuatro Naias... Cuatro Naias que volvieron a enamorar a cuatro hombres, que volvieron a enfermar, que volvieron a morir, que volvieron a sembrar...

* *

En unos pocos meses había miles de Naias Morton recorriendo el planeta, y un marido devorado por cada dos de ellas.

Algún tipo de alguna sección secreta del gobierno estudió el caso y decidió que había que buscar alguna forma de exterminar a esas mujeres. Había que matarlas, antes de que se propagasen por el mundo.

Yo no comparto su opinión. Y si ustedes la comparten, es porque nunca han contemplado los ojos verdes de Naia Morton.

Relato de Juan José Ramírez Mascaró.

domingo, 21 de diciembre de 2008

capitulo 59. NANAS PARA DORMIR AL DIABLO

UN BESO PARA EL VECINO DEL SÉPTIMO B

Ella soñó que moriría al día siguiente. Y no quería marcharse sin besar al vecino del séptimo B.

No se sentía capaz de hacerlo. Tenía suficiente valor para aceptar su muerte, pero tocar a la puerta del vecino y mendigarle un beso era una proeza que se sentía incapaz de acometer.

Por eso decidió dejarle un beso anónimo, oculto, invisible, agazapado en un lugar inesperado, como una mina anti-persona.

Llamó a la puerta del séptimo B. Balbuceó la más sosa de las excusas con torpeza. Siempre resulta irónico que la excusa más sosa consista en pedir sal.

Mientras el vecino del séptimo B se marchaba en busca del salero de la cocina del séptimo B, ella entró corriendo al comedor del vecino del séptimo B, se acercó a la mesa en la que solía desayunar el vecino del séptimo B, cogió la taza favorita del vecino del séptimo B, ésa misma que ella le veía utilizar todos los días, cuando le espiaba a través de la ventana... Besó apasionadamente el borde de la taza del vecino del séptimo B... para que, cuando el vecino del séptimo B se la llevase a la boca al día siguiente, bebiese sin saberlo el beso más hermoso que salió jamás de los labios de la vecina del vecino del séptimo B.

Y allí quedó la taza, orgullosa de convertirse en mensajera, en puente de comunicación entre dos labios... mientras el salero se marchaba del apartamento, un poco triste por verse convertido en una triste excusa.

Al día siguiente, ella conducía por sinuosas carreteras que la separaban de su lugar de trabajo. De repente, se sintió desvanecer. Descubrió demasiado tarde que había entregado tantos latidos de su corazón en un solo beso, que ahora ese pobre corazón no alcanzaba a latir en condiciones.

Se desmayó sobre el volante... y el vehículo, obediente, se desmayó también, sobre el barranco más cercano. Y al fondo del barranco había un glaciar.

Ella dejó de tragar agua cuando se le congelaron los pulmones. Quiero pensar que falleció feliz, porque hay que ser la mujer más feliz del mundo para legar a dicho mundo un cadáver tan hermoso...

A la mañana siguiente, el vecino del séptimo B posó los labios en el borde de su taza favorita...

... y se murió de frío.


Un relato de Juan José Ramírez Mascaró.

viernes, 14 de noviembre de 2008

capitulo 19. LA CHICA DEL METRO

Nadie sabia como se sentía. Todos la miraban, pero nadie parecía verla. Estaba sentada, sola, en un banco, en la estación de Príncipe Pío. Hacia frío, pero ella no temblaba... al menos ya no. Ya no tenia nada que temer. Su gran momento se acercaba. Todos la miraban, pero ninguno la veía. Notaba las miradas atravesando su frágil cuerpo. Se levanto y fue caminando poco a poco, paso a paso, hacia las escaleras mecánicas, que bajaban hacia los andenes de las lineas 6 y 10. Bajaba lentamente, mas despacio de lo normal. Llego al anden. Se acercaba poco a poco a la vía. En los paneles brillaba el cartel que anunciaba la llegada del próximo tren.
Se acerco todo lo que pudo a la vía. Ya se oía como se acercaba el tren. Ella cerro los ojos. El tren entraba ya en la estación. Ella apretó los ojos con mas fuerza. Entonces escucho la voz mas bonita que había escuchado en su vida- Perdona, ¿Este tren me lleva a Guzmán el Bueno? Es que no soy de aquí y estoy un poco perdido.
Abrió los ojos al mismo tiempo que el tren pasaba por delante de ella. Se giro y vio al hombre mas guapo que había visto en su vida. El tren se detuvo tras ella. Las puertas se abrieron. -Si, este tren te lleva hasta allí. Yo también voy a Guzmán el Bueno... ¿Te apetece que te acompañe?-
-Si... seria genial.
Se perdieron entre el ir y venir de gente que bajaba y subía. Las puertas del tren se cerraron. Y se fueron a Guzmán el Bueno.

viernes, 31 de octubre de 2008

capitulo 5. LA HOJA

Miró por la ventana y pensó que era esa hoja, que volaba mecida por el viento. Imaginó que se deslizaba, por el aire, posándose suavemente en los bancos de los parques. Soñó que se elevaba suavemente, que luego caía. Soñó que era delicada, frágil, que era libre. Libre para volar sin que nadie la molestara. Nadie. Creyó que no tenia que rendirle cuentas a nadie. Que no tendría que volver a justificarse. Imaginó que su vida seria mejor así. Siendo una hoja marrón, de un árbol en otoño. Con el viento en la espalda, como único compañero de viaje. Y vio claramente las avenidas, desde el cielo. Subiendo y bajando. Lentamente. Se incorporó, levantándose poco a poco de la silla donde estaba sentada. Se subió a la mesa que estaba junto a la ventana. La abrió. Notó el aire en su pálida cara. Escuchó el viento entre los arboles, arrancando a sus hermanas hojas. Cerró los ojos y respiró el húmedo aire de esa tarde lluviosa. Y entonces saltó. Su cuerpo delgado cayó poco a poco. Mecido por el aire. Como una hoja que cae de un arbol. Cayó y entonces se sintió feliz. Feliz de acabar con todo. Feliz de salir de esa casa. Feliz de ser una hoja. Una hoja que vuela libre. Esa hoja que pasa sobre tu cabeza en esos frios dias de otoño. Esa hoja es ella. Ya es feliz. Ya no se preocupa por nada. No te entristezcas. Yo no lo haré. Ella ahora es una hoja, y va a donde el viento quiere. Su novio el viento. El frio viento. El viento de otoño